lunes, 12 de mayo de 2008

Aborigenes en tiempo de paz

Pensar que muchos se olvidaron de ellos, de los verdaderos dueños de la tierra.

Esto pasaba alla lejos y hace tiempo.

En muchas oportunidades, el indígena fue a Buenos aires a solicitar por sus derechos conculados y pisoteados. Y allí se les escuchó, pero no siempre se les recompensó. En muy diferentes épocas de la historia argentina, fue con un objetivo común, una aspiración reiterada y nunca satisfecha de justicia. Muchas veces, antes que guerrar con el blanco conquistador, prefirió pedir justicia de manera legal. Fue altivo o humillado, pero siempre con una esperanza que el blanco muchas veces no supo o no quiso cumplir.

El indígena fue a Buenos Aires a pedir la devolución de sus derechos como hombre, ciudadano y ser humano; fue a terminar con el tributo y los servicios personales que lo denigraban, a exigir la devolución de sus tierras, a implorar un trato más justo e igualitario.

El indígena vino en épocas en que era muy fuerte y altivo, como en 1778 junto a Tomás Catari, natural de la provincia de Chayanta, Alto Perú, quien para reivindicar sus derechos de cacique usurpados por el mestizo Blas Doria Bernal resolvió marchar hasta Buenos Aires, la capital del virreinato. Su marcha fue verdaderamente heroica debido a las 600 leguas que tuvo que recorrer a pie. Otra traba poderosa que debió sortear era su total desconocimiento del idioma castellano. Con todo, logró presentar su queja al virrey Vértiz por intermedio del Protector General de Naturales, haciendo que aquél ordenara a la Real Audiencia de Charcas una investigación sobre sus acusaciones. Catari siempre prefirió la vía legal aunque respondieran a su mandato muchos indígenas de Chayanta, a quienes ordenaba que hicieran resistencia pasivo, no reconociendo a los caciques aquellos tributos impuestos por la arbitrariedad de los corregidores. Catari se aproximó luego rápidamente al enfrentamiento con la corona española, en momentos en que Túpac Amaru ya había sublevado el corregimiento de Tinta, en el Bajo Perú. Las peticiones de Catari versaron en adelante, en la rebaja de los tributos y la abolición de la mita. Al generalizarse la insurrección indígena del Alto y Bajo Perú, Catari fue la primera víctima importante de la represión desatada por los virreyes de Buenos Aires y Lima, siendo despeñado en un precipicio en enero de 1781.

El indígena también fue a Buenos Aires para dar la bienvenida al primer gobierno patrio. Cuando el coronel Pedro A. García fue comisionado por las nuevas autoridades revolucionarias de 1810 para llevar la noticia a los pueblos indígenas del interior, encontró colaboración y amistad en varios caciques pampas. Al año siguiente, respondiendo a su invitación llegaron a Buenos aires los caciques Evinguanau y Quintelén, con numeroso cortejo de indios pampas, para estrechar lazos de amistad y reconocer al gobierno. Fueron recibidos por Feliciano Chiclana, presidente del Primer Triunvirato, quien les dio afectuosa bienvenida afirmando: "Sin entrar en el examen de las causas que nos han separado hasta hoy, bástenos saber, que somos vástagos de un mismo tronco." La Gaceta comentaría posteriormente: "...Estos infelices hombres, los primeros pobladores de la América del Sud, aún no han gustado de las comodidades de la vida civil. Siempre desnudos y errantes, no han podido ver la luz del evangelio, porque tuvieron la desgracia de nacer en unos campos que no producían oro, ni plata.." Añadiendo:"...No sois de inferior clase de los demás hombres. Uno es el Dios que hace nacer el sol de nuestras regiones como en las más distantes..".

Y el indígena fue a Buenos Aires junto al cacique Valentín Sayhueque, último cacique en rendirse a las tropas del gral. Julio Argentino Roca. Era el año 1881, y las tribus tehuelches y mapuches comandadas por Sayhueque no iban a rendirse sin pelear, renunciando a su tierra y su hogar. Dominaban todavía las tierras del Neuquén, por lo que Roca ordenó una segunda fase de la Campaña al Desierto, porque en las márgenes del Lago Nahuel Huapi acampaban las tribus más belicosas. Tras muchos enfrentamientos, recien en 1885 Sayhueque va Junín de los Andes para rendirse, junto a muchos capitanjeos e indiada que deponen sus armas. El gran cacique fue embarcado desde Carmen de Patagones hacia Buenos Aires, donde solicitó una fracción de tierras para subsistir junto a su tribu, estableciéndose junto al río Tecka, pero las tierras pronto se rebelaron como incultivables y rocosas. Después de muchos reclamos, diez años más tarde fueron reubicados en la Colonia 16 de Octubre, concediéndose 4 leguas al cacique Sayhueque y 8 leguas a su tribu. Las nuevas tierras eran mejores, aunque su extensión era exigua para la subsistencia de toda la tribu.

Finalmente, el indio fue a Buenos Aires con un emotivo y original "malón de la paz". En mayo de 1946 una caravana partió de Cochinoca y Abra Pampa (Jujuy), compuesta por 179 hombres y mujeres de la comunidad colla. Noventa viajaron a caballo y en carro, el resto a pie, en una auténtica cruzada de paz en procura de reivindicaciones largamente postergadas. Recorrieron casi 2.000 kms. hasta Buenos Aires buscado concesiones de tierras y trabajo. En Buenos Aires fueron recibidos en el Congreso Nacional por diputados peronistas, y en la Casa Rosada por el general Juan Domingo Perón y numerosa comitiva. Fueron alojados en el Hotel de Inmigrantes, siendo agasajados por toda la ciudad. Imprevistamente en agosto de ese año, fueron obligados por la fuerza a abordar un tren hacia el norte, por efectivos de la policía montada y Prefectura Naval. La medida represora produjo un pedido de informes a la Cámara de Diputados, expresando un diputado que los collas hubieran preferido volver caminando a sus tierras, pero llevando consigo los documentos de adjudicación de la propiedad de las mismas. Perón afirmó que enviaría al Congreso un proyecto de ley para satisfacer legalmente esos reclamos, resultado del cual fueron varios decretos expropiando tierras en algunos departamentos de la provincia de Jujuy, que fueron adjudicadas a los indígenas bajo un sistema especial de créditos destinados a mejorar las explotaciones agrícolo-ganaderas, construir viviendas, etc., y el pago de un canon anual. Pocos años más tarde, fueron entregadas definitivamente en propiedad, en forma gratuita.

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